En el siglo XVIII llega una mujer a España, Isabel de Farnesio que comienza a ensalzar y a poner en valor al jamon serrano, con aquellos panes y pernil que ella tomaba siempre de postre. Isabel de Farnesio le da una categoría, una dignidad extraordinaria a lo que hoy llamaríamos sencillamente “bocata de jamón serrano”.
Es el momento en el que la manzanilla hace su eclosión, hace su aparición porque el maridaje se hace francamente imprescindible. Son dos productos condenados a entenderse.
Hace mucho tiempo que conocemos las virtudes de los jamones en cuanto a su aporte proteico de vitaminas y de minerales. Pero últimamente, sí que hemos sabido o la ciencia nutricional nos ha enseñado que estamos ante un producto con unos ácidos grasos de excelente calidad, que tienen una función muy concreta y muy específica en el mantenimiento de las funciones cerebrales. No hay que olvidar en momento alguno que el cerebro es un órgano compuesto en un 65/70 % por grasas y esa grasa del
jamon iberico es específica para mantener la salud mental y para mantener sus funciones a punto.
Aquí entra también la manzanilla a formar parte de este delicioso equipo, porque independientemente de todas las virtudes que se le han atribuido y que se conocen sobre el vino y sus virtudes cardiovasculares y antienvejecimiento. El papel y la función de las levaduras con las que se produce este vino único y excepcional que es la manzanilla de San Lucar, tienen una función muy interesante para evitar el nocivo papel de los radicales libres.
Esto hace que el maridaje sea verdaderamente extraordinario entre la manzanilla y el jamon serrano. Dos productos muy orientados a que envejezcamos de manera más lenta y más activa, que nos mantengamos al menos mentalmente joven. En ese punto estamos ante dos elementos excepcionales cuyo matrimonio tienen el éxito garantizado por muchos años.